La cabaña de la bruja no estaba hecha de gominolas ni de chocolate, sino de libros viejos y frascos de mermelada etiquetados con nombres extraños como "Risas de martes" o "Melancolía de charco". La bruja, una mujer con el pelo del color de las nubes de tormenta, no tenía verrugas ni escobas voladoras. Estaba sentada frente a una montaña de calcetines desparejados.
—¿Cómo sabía que vendría? —preguntó Elara, entrando con cautela. Una novata en un cuento de hadas
—Se nota —suspiró un grillo que vestía un frac de seda azul mientras afinaba un violín minúsculo—. Llevas la lógica pintada en la cara. Esa es una enfermedad muy grave en estas tierras. Si intentas que dos más dos sumen cuatro, terminarás con un dolor de cabeza o, peor aún, convertida en una tetera. La cabaña de la bruja no estaba hecha
Elara tragó saliva. Su guía de supervivencia (que consistía básicamente en recuerdos borrosos de los hermanos Grimm) no la había preparado para la hostilidad pasivo-agresiva de la flora y fauna local. —¿Cómo sabía que vendría
Elara se quedó petrificada. No era el hecho de que la flor hablara lo que la desconcertaba —había leído suficientes libros para esperar eso—, sino que no sabía cuál era el protocolo. ¿Debía inclinarse? ¿Debía ofrecer agua? —Lo siento mucho —logró decir—. Soy nueva aquí.
—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática.
¿Te gustaría que de Elara o prefieres explorar cómo es el Castillo de Cristal ?
La cabaña de la bruja no estaba hecha de gominolas ni de chocolate, sino de libros viejos y frascos de mermelada etiquetados con nombres extraños como "Risas de martes" o "Melancolía de charco". La bruja, una mujer con el pelo del color de las nubes de tormenta, no tenía verrugas ni escobas voladoras. Estaba sentada frente a una montaña de calcetines desparejados.
—¿Cómo sabía que vendría? —preguntó Elara, entrando con cautela.
—Se nota —suspiró un grillo que vestía un frac de seda azul mientras afinaba un violín minúsculo—. Llevas la lógica pintada en la cara. Esa es una enfermedad muy grave en estas tierras. Si intentas que dos más dos sumen cuatro, terminarás con un dolor de cabeza o, peor aún, convertida en una tetera.
Elara tragó saliva. Su guía de supervivencia (que consistía básicamente en recuerdos borrosos de los hermanos Grimm) no la había preparado para la hostilidad pasivo-agresiva de la flora y fauna local.
Elara se quedó petrificada. No era el hecho de que la flor hablara lo que la desconcertaba —había leído suficientes libros para esperar eso—, sino que no sabía cuál era el protocolo. ¿Debía inclinarse? ¿Debía ofrecer agua? —Lo siento mucho —logró decir—. Soy nueva aquí.
—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática.
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